Durante años, el entrenamiento de fuerza ha estado rodeado de reglas casi “sagradas”:
3 series, 8-12 repeticiones, entrenar al fallo, periodización…
Como si hubiera una única forma correcta de hacerlo.
Pero el nuevo Position Stand del American College of Sports Medicine (ACSM) —el primero en 17 años— acaba de actualizar esa visión basándose en la mayor síntesis de evidencia hasta la fecha.
Este documento se basa en una revisión paraguas de 137 revisiones sistemáticas con más de 30.000 participantes, analizando cómo variables como el volumen, la carga, la frecuencia o el tipo de entrenamiento afectan a resultados como la fuerza, la hipertrofia y el rendimiento.
Y lo que muestra no es una nueva fórmula.
Es algo más simple: hay muchas formas de entrenar que funcionan.
Diferentes formas de entrenamiento pueden generar mejoras en fuerza, masa muscular y rendimiento, siempre que se cumplan ciertos principios básicos. Y, en muchos casos, variables que se consideraban críticas tienen menos impacto del que se pensaba.
En este artículo vamos a desgranar este paper, pero puedes consultar el documento completo aquí: https://journals.lww.com/acsm-sse/fulltext/2026/04000/american_college_of_sports_medicine_position.21.aspx
Lo primero: el entrenamiento de fuerza no es opcional
El documento no comienza proponiendo métodos ni estructuras de entrenamiento. Empieza por algo más fundamental: el entrenamiento de fuerza debería formar parte de cualquier programa de ejercicio. No como un complemento, sino como un elemento central.
La evidencia que recoge muestra que, en comparación con la inactividad, el entrenamiento de fuerza mejora de forma consistente la fuerza muscular, la masa muscular, la potencia, la resistencia muscular y la capacidad de realizar tareas funcionales básicas, como caminar, levantarse o mantener el equilibrio.
Este punto es especialmente relevante porque desplaza el foco del “cómo entrenar” al “si se está entrenando”. En este sentido, la principal conclusión es clara: la ausencia de entrenamiento de fuerza tiene un impacto mayor que cualquier error en su aplicación.
El gran cambio: no hay una única forma correcta de entrenar
Aquí es donde el documento introduce uno de sus matices más relevantes.
Durante años, el discurso en torno al entrenamiento de fuerza ha estado centrado en identificar el método más eficaz: la combinación óptima de ejercicios, cargas, volumen o estructura. Esta búsqueda de un modelo “correcto” no solo ha condicionado la práctica, sino también la forma en la que se ha comunicado el entrenamiento, generando la sensación de que progresar depende de ajustarse a una única forma válida de hacerlo.
El enfoque del ACSM se aleja de esa lógica.
La evidencia que recoge muestra que distintas configuraciones del entrenamiento pueden producir mejoras significativas en fuerza, masa muscular y función física, sin depender de un único formato de aplicación ni de una estructura concreta. Esto incluye no solo el entrenamiento tradicional en gimnasio, sino también otras modalidades como:
- el entrenamiento en casa
- el uso de bandas elásticas
- el entrenamiento en circuito
- o el trabajo orientado a la velocidad y la potencia
Todas ellas han demostrado ser capaces de generar adaptaciones relevantes cuando el estímulo es adecuado.
Este punto es importante porque amplía el marco de lo que se considera un entrenamiento eficaz. No se trata de que todas las variables tengan el mismo impacto ni de que cualquier planteamiento produzca exactamente los mismos resultados, sino de que existe un margen mucho mayor de flexibilidad del que se ha asumido tradicionalmente.
En otras palabras, el documento no elimina la importancia de las variables, pero sí cuestiona la necesidad de encajar en un único modelo.
La idea de fondo que emerge es clara: la eficacia del entrenamiento no depende de ajustarse a una estructura concreta, sino de aplicar de forma consistente un estímulo suficiente dentro de múltiples configuraciones posibles.
Mejorar vs optimizar: una distinción clave
El documento introduce una diferenciación que rara vez se plantea con claridad en el ámbito del entrenamiento: mejorar y optimizar no son lo mismo.
A la luz de la evidencia analizada, queda claro que una amplia variedad de programas pueden generar mejoras significativas en fuerza, hipertrofia y rendimiento físico. Es decir, el umbral necesario para progresar no es especialmente restrictivo: distintas combinaciones de ejercicios, cargas o estructuras pueden ser efectivas si el estímulo es adecuado.
Optimizar, en cambio, responde a otro nivel. Implica ajustar con mayor precisión variables como el volumen, la carga o la organización del entrenamiento con el objetivo de maximizar las adaptaciones y exprimir al máximo el rendimiento.
El problema es que, en la práctica, esta diferencia se ha ido diluyendo.
Con frecuencia, elementos propios de la optimización se presentan como requisitos básicos, como si fueran imprescindibles para obtener cualquier tipo de resultado. Esto ha contribuido a construir una percepción del entrenamiento innecesariamente compleja, donde parece que progresar depende de acertar con múltiples variables desde el inicio.
Las consecuencias son claras: por un lado, se eleva la barrera de entrada para quienes comienzan; por otro, se introduce un grado de sofisticación que no siempre se traduce en beneficios adicionales para quienes ya entrenan.
Frente a esta tendencia, el documento del ACSM propone una lectura más ajustada a la evidencia. No niega la utilidad de optimizar, pero sí reubica su papel. La conclusión es clara: es posible obtener mejoras relevantes sin necesidad de ajustarse a un programa óptimo en términos teóricos.
Qué sí importa (y qué no tanto)
El estudio no plantea que todas las variables del entrenamiento tengan el mismo peso. Lo que sí hace es ordenar mejor las prioridades: no todo influye por igual en los resultados.
Lo que sí tiene un papel relevante
En primer lugar, el documento señala tres elementos que sí condicionan las adaptaciones de forma consistente.
- El esfuerzo
La evidencia es bastante clara en este punto: no es necesario alcanzar el fallo muscular para mejorar la fuerza, la hipertrofia o la potencia.
Durante años se ha asumido que entrenar hasta la fatiga era imprescindible para progresar, pero los datos no respaldan esa idea. Llevar cada serie al límite no aporta beneficios adicionales de forma consistente, por lo que no debería considerarse un requisito dentro de la programación.
Ahora bien, esto no significa que el esfuerzo deje de ser importante. De hecho, ocurre justo lo contrario: lo que sí es imprescindible es que el estímulo sea suficiente.
Ese estímulo puede lograrse de distintas formas, con diferentes cargas y estructuras de entrenamiento, siempre que el nivel de exigencia sea adecuado.
En este sentido, el documento introduce un matiz clave: el esfuerzo no depende únicamente de llegar al fallo. Puede regularse mediante herramientas como la percepción del esfuerzo o la proximidad al mismo.
Como referencia práctica, trabajar cerca del fallo —por ejemplo, dejando aproximadamente 2–3 repeticiones en reserva (RIR)— es suficiente para generar adaptaciones en la mayoría de los casos, sin necesidad de llevar cada serie al límite.
Además, el propio documento señala que no todas las adaptaciones se benefician de esfuerzos extremos. En el caso de la fuerza o la potencia, entrenar de forma sistemática hasta la fatiga puede incluso ir en contra del objetivo.
En el fondo, la idea es bastante sencilla: no hace falta entrenar al límite, pero sí lo suficiente como para que el cuerpo tenga un motivo para adaptarse.
- El volumen
El volumen es una de las variables que el documento identifica de forma más consistente como relevante, especialmente en relación con la hipertrofia, aunque también influye en la fuerza.
En términos generales, la relación es bastante intuitiva: más trabajo suele traducirse en más adaptación, al menos dentro de ciertos rangos.
De hecho, si se simplifica, la lógica es clara: una serie es mejor que ninguna, dos series son mejores que una, y añadir más trabajo puede seguir aportando beneficios.
Ahora bien, esto no significa que más siempre sea mejor.
A medida que el volumen aumenta, las mejoras tienden a ser cada vez menores. Es lo que se conoce como rendimientos decrecientes: cada serie adicional aporta algo, pero menos que la anterior. Además, no existe un número universal de series que funcione igual para todo el mundo o en todos los contextos.
Aquí es donde el documento introduce un matiz importante que ayuda a entender mejor cómo funciona realmente el entrenamiento.
Más allá del número concreto de repeticiones o del peso que se utiliza en cada serie, lo que determina la adaptación es el estímulo total que recibe el músculo. Y ese estímulo no depende de una sola variable, sino de cómo se combinan volumen, carga y esfuerzo.
Esto explica por qué se pueden obtener resultados similares con diferentes rangos de carga: no es únicamente el peso lo que marca la diferencia, sino el conjunto del trabajo que se acumula.
En el fondo, la idea es bastante sencilla: no hay una única forma “correcta” de combinar repeticiones y cargas, pero sí es necesario hacer suficiente trabajo como para que el músculo tenga un motivo para adaptarse.
- La carga (en función del objetivo)
La carga sigue siendo una variable central dentro del entrenamiento de fuerza, pero su papel tiene sentido sobre todo cuando se interpreta desde el principio de especificidad.
Es decir, no todas las adaptaciones responden igual a las mismas cargas.
Para el desarrollo de la fuerza, las mejores adaptaciones se asocian con cargas elevadas, normalmente expresadas como porcentajes altos del 1RM.
En el caso de la potencia, el enfoque cambia: se priorizan cargas moderadas combinadas con ejecuciones rápidas, donde la velocidad del movimiento —especialmente en la fase concéntrica— pasa a ser determinante.
Para la hipertrofia, sin embargo, el escenario es más flexible. El documento señala que existe un rango bastante amplio de cargas efectivas, siempre que el nivel de esfuerzo sea suficiente. Esto significa que no es necesario trabajar en una zona concreta de repeticiones para generar masa muscular.
Además, el propio paper recuerda algo importante: la carga no puede analizarse de forma aislada. Está directamente relacionada con el número de repeticiones que se realizan y con el nivel de esfuerzo aplicado en cada serie.
Por eso, más que centrarse en encontrar una intensidad “perfecta”, el mensaje es otro: la carga es importante, pero su aplicación depende del objetivo y del contexto, y admite más margen de adaptación del que tradicionalmente se ha asumido.
Lo que pierde peso
Frente a las variables anteriores, el documento también introduce un matiz relevante: algunos elementos tradicionalmente considerados clave tienen un impacto menor del que se pensaba.
En concreto, la evidencia analizada permite relativizar el papel de varias variables:
- Entrenar al fallo
Aquí el mensaje es bastante claro: completar series hasta la fatiga muscular momentánea no mejora de forma consistente las adaptaciones en fuerza, hipertrofia o potencia.
Es decir, no es un requisito para progresar.
Lo que sí sigue siendo necesario es alcanzar un nivel de esfuerzo suficiente que actúe como estímulo. Y eso puede lograrse sin necesidad de llevar cada serie al límite, simplemente trabajando cerca del fallo.
En este sentido, el documento introduce una idea útil: la proximidad al fallo puede estimarse mediante distintas herramientas, como las repeticiones en reserva (RIR). Como referencia práctica, menciona entrenar dejando aproximadamente 2–3 repeticiones en reserva, aunque sin fijarlo como una regla estricta.
Además, también se señala que en determinados contextos —por ejemplo, en personas con menor experiencia o en población de mayor edad— entrenar sistemáticamente hasta la fatiga puede no ser lo más recomendable, tanto por cuestiones de seguridad como por la posible pérdida de calidad técnica.
En el fondo, la idea es bastante directa: no hace falta entrenar al límite para progresar, pero sí lo suficiente como para generar estímulo.
- La frecuencia exacta de entrenamiento
La frecuencia puede influir en los resultados, pero su impacto se reduce cuando el volumen total de entrenamiento se mantiene constante. Además, la evidencia disponible no permite establecer una relación clara de dosis-respuesta, es decir, no se puede afirmar que entrenar más días a la semana produzca sistemáticamente mejores resultados.
En este contexto, el número de sesiones semanales pierde peso como variable aislada. Su relevancia depende, en gran medida, de cómo se distribuye el volumen total de trabajo.
En términos prácticos, esto implica que diferentes distribuciones del entrenamiento a lo largo de la semana pueden ser igualmente efectivas, siempre que el estímulo total aplicado al músculo sea adecuado.
- La periodización
Aunque la periodización sigue siendo una herramienta válida dentro de la programación del entrenamiento, el documento introduce un matiz relevante.
La evidencia sugiere que, en adultos sanos, no es significativamente superior a programas no periodizados cuando el estímulo está bien planteado.
Esto no elimina su utilidad, especialmente en contextos específicos o con objetivos concretos, pero sí reduce su papel como elemento imprescindible para mejorar la fuerza o la hipertrofia en población general.
En este sentido, la periodización pasa de ser un requisito central a una herramienta más dentro de un conjunto más amplio de opciones.
- El tipo de entrenamiento o equipamiento
El documento también señala que no existe una modalidad de entrenamiento claramente superior.
Distintos enfoques —desde el entrenamiento con máquinas o peso libre hasta el uso de bandas elásticas, el trabajo en casa o los formatos en circuito— pueden generar adaptaciones similares cuando se aplican con un estímulo adecuado. Esto refuerza una idea importante dentro del documento el contexto o el material no son factores limitantes por sí mismos, siempre que se respeten los principios básicos del entrenamiento. En consecuencia, el foco se desplaza desde el “dónde” o el “con qué” se entrena, hacia el “cómo” se aplica el estímulo.
En conjunto, el documento no elimina la importancia de estas variables, pero sí ajusta su relevancia.
La conclusión que se desprende es clara: menos factores son determinantes de lo que tradicionalmente se ha planteado, y existe un mayor margen de flexibilidad en cómo estructurar un programa eficaz.
La progresión: importante, pero no imprescindible.
La sobrecarga progresiva ha sido tradicionalmente uno de los principios centrales del entrenamiento de fuerza.
El documento del ACSM no la cuestiona, pero sí introduce un matiz relevante: no es necesaria para obtener beneficios. Es decir, es posible mejorar en fuerza, hipertrofia y rendimiento sin necesidad de incrementar de forma constante la carga, el volumen u otras variables del entrenamiento.
La progresión adquiere mayor importancia cuando el objetivo es continuar avanzando a largo plazo, especialmente en personas con mayor experiencia. Sin embargo, no debe entenderse como una condición imprescindible para que el entrenamiento sea efectivo.
Esto permite replantear una idea muy extendida en el sector, según la cual el progreso depende necesariamente de una mejora continua en las variables del entrenamiento. La evidencia sugiere una lectura más matizada: el progreso puede darse sin una progresión constante, aunque esta sea útil para sostenerlo en el tiempo.
En otras palabras, la progresión es útil para seguir avanzando, pero no es lo que determina que el entrenamiento funcione desde el principio.
La adherencia como eje del entrenamiento
Más allá de las variables concretas, el documento introduce un cambio de enfoque más profundo. Si múltiples formas de entrenamiento de fuerza pueden generar adaptaciones similares, entonces la elección del programa deja de depender únicamente de su diseño teórico.
Pasa a depender, en gran medida, de su sostenibilidad. Por eso, el documento pone un énfasis claro en la individualización del entrenamiento, no solo como una herramienta para optimizar resultados, sino como un factor clave para:
- mejorar la adherencia
- aumentar el disfrute
- garantizar la seguridad
- y ajustar el entrenamiento al contexto y características de cada persona
En este sentido, la individualización deja de ser un elemento secundario para convertirse en una condición central. Porque, en última instancia, la eficacia del entrenamiento no depende únicamente de cómo está diseñado, sino de si se mantiene en el tiempo.
Y ese es el punto que atraviesa todo el documento: sin adherencia, no hay entrenamiento; y sin entrenamiento, no hay resultados.
Esto tiene una implicación directa: en la práctica, hacer menos pero de forma constante suele ser más efectivo que intentar optimizar sin continuidad.
Y además: es seguro
El documento también aborda un aspecto que, en muchos casos, sigue generando dudas: el entrenamiento de fuerza es seguro para adultos sanos de todas las edades.
La evidencia analizada muestra que:
- no aumenta el riesgo de eventos adversos graves
- la incidencia de eventos no graves (como molestias o fatiga) es similar a la del ejercicio aeróbico
- y las complicaciones cardiovasculares son incluso menos frecuentes
Este punto no es menor, especialmente en población general o en perfiles menos familiarizados con el entrenamiento de fuerza, donde todavía persisten ciertas percepciones de riesgo que no se corresponden con la evidencia.
Entonces, ¿Qué cambia realmente?
El ACSM no introduce un nuevo método ni redefine por completo el entrenamiento de fuerza.
Lo que hace es algo más relevante: ajustar el mensaje a la evidencia disponible.
Hasta ahora, gran parte del discurso ha estado centrado en:
- encontrar el programa correcto
- seguir estructuras concretas
- optimizar cada variable del entrenamiento
El documento propone un cambio de enfoque.
El foco pasa a situarse en:
- entrenar fuerza de forma regular
- aplicar un nivel de esfuerzo suficiente
- sostener el entrenamiento en el tiempo
- y adaptarlo a las características de cada persona
Si hubiera que sintetizar el mensaje del documento en una sola idea, sería esta: el entrenamiento de fuerza es eficaz en múltiples formas, y su impacto depende más de la consistencia que de la perfección en su diseño. Y eso, más que cambiar cómo se entrena, cambia cómo debería entenderse el entrenamiento.
Este cambio de perspectiva, aunque sutil en apariencia, tiene implicaciones importantes tanto para quienes entrenan como para quienes diseñan y comunican programas de entrenamiento.


